Senegal. 4. Navegando entre corrientes enfrentadas
Senegal. 4. Navegando entre corrientes enfrentadas

Senegal. 4. Navegando entre corrientes enfrentadas

Senegal. 4. Navegando entre corrientes enfrentadas

Al despertar, descorrí la mosquitera de plástico que envolvía toda la cama. Era el primer recordatorio de que estaba fuera de mi hábitat. También lo fue el desayuno, escaso aunque agradable gracias al aroma exótico y reconfortante del café Touba, una variedad y forma de preparación propia de Senegal.

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Tras este fugaz desayuno, nos dirigimos directamente hasta Rufisque, donde se encuentra la sede de la ONG 3D. Allí nos reunimos para organizar las próximas sesiones de trabajo en Bambilor y Sangalkam, y la jornada de mañana en Dakar, con motivo de la celebración de la Semana de la Movilidad Durable y del Clima que se celebraba en la capital.

La espera a que lleguen todos los asistentes y empiece la reunión, cuestión que aquí se demora considerablemente, me ofrece la oportunidad de pasear por la calle. Los tiempos muertos son siempre una excelente oportunidad para observar, sin filtros ni prejuicios. En los pocos minutos que paseé por la zona, observé niños que se acercaban con sonrisa tímida a conocerte, o a ver si, con suerte, obtenían algún regalo; mujeres que pasaban sin prestarnos demasiada atención; calles sin calzada, solo arena que llega hasta el mismo portal, con trozos de tuberías que sobresalen, incompletas, en cualquier lugar. Es todo tan diferente, y tan repentino, porque nuestro mundo se nos ha quedado pequeño y en apenas unas horas pasas de la frivolidad de la Castellana a la frialdad de estas calles…

La reunión empieza tarde, se desarrolla parsimoniosamente y termina con una agradable comida juntos, alrededor de un buen arroz tradicional senegalés. Y, a pesar de la familiaridad y hospitalidad de sus gentes, es inevitable percibir el peso de la tradición cultural y religiosa que sitúa a la mujer en un plano de sumisión respecto al varón: son ellas quienes antes de finalizar la reunión se levantan, preparan, sirven y retiran la comida. Es como en nuestro país si volviésemos 50 años atrás… o no tanto.

dinar

Nos despedimos hasta mañana y, en el camino de vuelta, mientras la ventanilla del coche se convertía en privilegiada atalaya desde la que observar rápidamente escenas del día a día de esta tierra, tuve la sensación de asistir a una lucha desigual. Como una transición inacabada, y no sé hasta qué punto imposible, entre dos mundos que parecen no encontrarse. El de la modernidad occidental que, a partir de la capital, Dakar, parece querer extenderse por el país y transformar su fisionomía, y el de esos pueblos y habitantes lastrados por la pobreza y a los que el cambio climático no hace más que sumar problemas de incierta y preocupante evolución.

Y, aun así, aquí estamos, hablando de movilidad sostenible, de cambio climático y de adaptación. Y reconozco, en ello, el inmenso trabajo realizado por las ONG que, como MUSOL, se embarcan en la ardua tarea de sensibilizar, establecer alianzas e impulsar el empoderamiento local en contextos poco favorables.

Estas percepciones y reflexiones te van calando, y aunque el descubrimiento y la ilusión por conocer siempre me ha resultado irresistible, al final del día tienes una sensación agridulce. En este sentido, la visita al imponente salón de conferencias del hotel King Fahd Palace, el miércoles, para asistir a la Semana de la Movilidad Sustentable y del Clima, supuso un cierto oasis emocional. De repente, el entorno resultaba más reconocible, más occidental. Por un momento, llegas a pensar que estás en un país exótico, pero no tan lejano. ¡Pura ilusión!4.salo

Aquel espacio puede representar el intento de modernización y hasta resulta agradable observar la gran diversidad de costumbres que se dan cita con solo contemplar las vestimentas y los asistentes. Pero, una vez sales de aquel recinto, la realidad te asalta, sin contemplaciones.

Para empezar, hablar de movilidad sostenible allí resulta sorprendente. El tráfico en Dakar es un infernal enjambre sin orden, por el que circula un parque automovilístico anticuadísimo que convierten en irrespirable el aire de la ciudad y los desplazamientos en auténticas pérdidas de tiempo.

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Taxis en Dakar
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Menos «desarrollo» y peor calidad del aire

 

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Calle en Rufisque

Pero fuera de la capital la cosa empeora. No tanto el tráfico, lógicamente, como las condiciones de vida. El acceso al agua potable sigue siendo muy desigual e insuficiente, el saneamiento está ausente en muchos casos, y la electricidad, aunque presente, también está desigualmente repartida y con redes de mala calidad que provocan cortes frecuentes. A diferencia de lo que nos ocurre con la información, la vivencia es mucho mejor maestra. Estos datos sobre suministros y condiciones de vida, estando aquí, se convierten en rostros sin nombres y personas que deambulan. En unos casos, buscando agua, en otros, simplemente, mendigando, y en la mayoría de casos, buscando una fuente de ingresos como sea, bien a través de una agricultura con dificultades crecientes, bien a través de una pesca tradicional amenazada por los acuerdos pesqueros internacionales, o con la venta de productos artesanales en los enclaves más turísticos. Poco más.

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Zona turística. Tienda de artesanía

Suelen aconsejarte que, cuando compres en Senegal, regatees, que el precio que te piden es, de media, el triple de lo que “vale”. Es una práctica habitual, aceptada con naturalidad por unos y otros, como casi todo lo que nos puede parecer extraño a los recién llegados. Compré unos bonitos cambalaches hechos a mano, en un pequeño puesto ambulante en el que, junto a la artesanía, se alojaban la madre y un simpático niño. Como me recomendaron, regateé. Al final, el hombre me miró con sus brillantes ojos negros y, con la naturalidad, me dijo que le estaba regateando ¡un euro! Esa es una muestra de la enorme distancia que nos separa.

Un euro es poco más de 600 francos del África occidental (CFA). La historia del CFA es la historia de la explotación colonial pasada, pero también el dibujo de la presente. Una economía, todavía supeditada a los intereses occidentales, ya sean franceses como en este caso, británicos…

Incluso los fondos de cooperación que los gobiernos europeos destinan al desarrollo tienen una componente colonial. No es que su objetivo sea criticable, no es que tengamos que desmerecer los muchos o pocos logros conseguidos con ellos. Pero es que estos fondos pueden convertirse en auténticos caballos de Troya, sobre todo si la mayoría de proyectos los acaban ejecutando empresas extranjeras bajo normas y patrones occidentales.

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Agua potable cogida en el hotel

Y sigo viendo gente pasar, mirarnos con curiosidad; y carretas tiradas por caballos que esquivan vehículos a escasos centímetros, y puestos de cacahuetes en medio de la nada, y niñas cargando baldes con agua potable que han ido a coger al hotel porque en el pueblo no suele haber, y niños correteando, trabajadores que salen de edificios en construcción al lado de chabolas de plancha y madera. Y me pregunto qué hago aquí, qué puedo hacer, si hay algo que hacer.

Hoy, el hotel es algo más confortable, y sin embargo, duermo algo peor. Mañana será otro día, mañana visitaremos Bambilor y participaremos en los talleres de adaptación al cambio climático. Mañana será otro día.

 

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