Senegal.3. Perdido. Sin Brújula…
Senegal.3. Perdido. Sin Brújula…

Senegal.3. Perdido. Sin Brújula…

Senegal. 3. Perdido. Sin brújula en la primera toma de contacto

El dos de octubre llegué a Senegal, en el marco de un programa de cooperación entre la Diputación de València y MUSOL, una ONG valenciana que está impulsando en este país acciones de adaptación al cambio climático y empoderamiento de la mujer.

El viaje, en realidad, empezó a gestarse bastante antes, allá por 2019 y de una forma inesperada, más o menos de casualidad. Aunque debo confesaros que, con el paso de los años y los aprendizajes que nos van dejando, tiendo a pensar que la casualidad, entendida como simple azar, tiene menos importancia de la que le atribuimos. En su lugar, lo que parece ocurrir es que los cambios significativos ocurren cuando los procesos se encuentran en su momento adecuado de madurez y, al mismo tiempo, las personas estamos abiertas y movidas por esa justa combinación de racionalidad, intención y emoción. Creo que esto explica mejor lo que pasó en aquella ponencia en Valencia (aquí), pocos meses antes de esa pandemia que, junto a cambios políticos en Senegal, retrasó el viaje.

Sea como sea, la cuestión es que finalmente lo que tanto se había demorado, repentinamente se reactivó y, para cuando quise darme cuenta, ya estaba vacunándome, leyendo indicaciones de seguridad en el país y haciendo los preparativos para un viaje que tras nueve horas y una escala en Madrid, me dejaría en un lugar absolutamente desconocido para mí.

Concretamente, nuestro destino era las comunidades de Bambilor y Sangalkam que, junto a las de Pikine y Yénne, han puesto en marcha planes de acción para el clima y la energía sostenible.

Se trata de pequeños núcleos alrededor de Dakar, dedicados fundamentalmente a la agricultura y la pesca, aunque su cercanía a la capital da lugar a un espacio ciertamente enmarañado donde más que transición urbano-rural lo que hay es una superposición de realidades que acaban configurando un paisaje, físico y humano, desconcertante e intrigante.

Hasta tal punto, que se convertirá en una de las reflexiones que me acompañarán durante el viaje, pues, en el fondo, lo que plantea ese paisaje es la duda de qué es y hacia dónde se encamina Senegal, en esta encrucijada que representa la occidentalización parcial y la presión climática.

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El primer día no da para mucho más. El desplazamiento desde el aeropuerto a Yénne es lento, largo, mentalmente más largo si se hace, como fue el caso, por la noche.

Lo que más nítidamente recuerdo, por la sorpresa que provocaba, era la alternancia de tramos despoblados y oscuros con otros que, repentinamente, hervían de gente que deambulaba a un lado y otro de la carretera, figuras apenas iluminadas por la luz tenue de unas farolas que iban y venían sin saber muy bien de dónde. Parecía una analogía del propio país.

Eso, y el calor, más bien la pegajosa humedad que todo lo impregnaba, y una mortecina atmósfera que, como un interminable velo gris, se extendía  en todas direcciones y todo parecía cubrir.

El hotel, modesto, al menos ofrecía algo de orden, algo reconocible. Eso, y el cansancio, borraron toda preocupación y el sueño, para mi sorpresa, llegó rápida y plácidamente.

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