La mercería
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La mercería

Merceria4En los pueblos perduran lugares donde parece que el tiempo se ha detenido. Como aquel antiguo quiosco de la esquina, la vieja tienda de ultramarinos, la relojería que aún luce descoloridos carteles de relojes suizos, o la mercería. La mercería siempre me ha parecido un lugar fascinante. Un pequeño universo con sus propios ritmos, repleto de infinitos objetos que, cuando era pequeño, me resultaban tan extraños y sugerentes.

No hace mucho, entré a una de esas mercerías. Aún conserva los viejos ventanales de madera, testigos imperturbables de la transformación de la ciudad y sus gentes. Allí dentro, el bullicio de la calle queda lejos y el poso de los años se hace sentir. La dueña se ha hecho mayor. La joven dependienta de antaño es ahora una anciana parsimoniosa. Sus dedos, antes esbeltos, muestran inequívocos síntomas artríticos, pero aún son elegantes, incluso sensuales cuando manejan con destreza la cinta de seda.

Mientras espero, observo. Nos hemos juntado un variopinto grupo de gente. Jóvenes que buscan modernas puntillas y ancianas encorvadas cuya preocupación es remendar un raído pantalón de jornalero… Mundos y personas tan dispares como las  generaciones que por allí han ido pasando pero que, por unos instantes, se reencuentran. Hoy, como antes, se habla de  metros y colores, de tallas y telas, de la vecina que murió y de la nieta que está por nacer. Como cuando er
a niño.

Pero los años han pasado. Sin embargo, allí, rodeado de aquellas viejas estanterías, no experimento  vértigo por el tiempo que se va. Siento una confortable sensación de formar parte de una historia común, como si en aquellas cajitas, entre botones y bobinas de hilo, también se guardaran las ilusiones, temores y esperanzas de todos cuantos pasaron por allí y, algún día, las nuestras propias.

En aquel quiosco, en la vieja tienda de ultramarinos, en la relojería y en la mercería, los pueblos se reescriben con los capítulos compartidos de nuestras vidas.

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