Tanto talento, y tan lentos
Tanto talento, y tan lentos

Tanto talento, y tan lentos

Tanto talento, y tan lentos
No hace mucho tuvo lugar en Valencia el 5º Congreso Internacional Smart Business, “Mejores estrategias innovadoras para dirigir la transición verde”, coincidiendo con el Día Mundial del Medio Ambiente. Ya les anticipo que no soy muy dado a este tipo de celebraciones, aunque este año, en un clima marcado por el escepticismo y el sectarismo, este congreso ha proporcionado algunos datos para el optimismo.

De entrada, no se trató de un congreso más entre tantos. No puede serlo cuando participan investigadores de renombre e instituciones como la London School of Economics and Political Science, Google o la NASA, entre otras.
Que Valencia acoja eventos de esta magnitud ayuda a consolidarla como referente internacional en sectores estratégicos como la tecnología, la energía y la sostenibilidad. No me malinterpreten: no hablo de esa obsesión que muestran, en ocasiones, las capitales por querer ser el mayor de entre los mayores referentes. No, me refiero a una acepción mucho más pragmática, y hasta crematística, del concepto. Les hablo de visibilizarnos, a través de eventos de esta calidad, como un entorno favorable para la innovación, la inversión y la atracción de talento en esos campos. Todo un reto pero, sin duda, una grandísima oportunidad para el talento autóctono.
Hablando de talento, mientras escuchaba a los ponentes, confirmé una idea que, desde hacía tiempo, revoloteaba -algo difusa- en mi cabeza: disponemos de mucho. Talento es una palabra a la que respeto; por eso, duele ver el maltrato al que la someten ciertos discursos de postín, convirtiéndola en algo parecido a los souvenirs cutres que se venden en tiendas para turistas.
El problema no es la falta de talento, sino su dispersión. De hecho, aunque se percibe una creciente predisposición de investigadores y expertos a trabajar en red, deberíamos preguntarnos si no tenemos demasiados congresos, cátedras o seminarios que, en lugar de generar sinergias, actúan como corpúsculos de conocimiento con tendencia al ensimismamiento y a aumentar esa dispersión.
Esto no tendría mayor importancia si no fuera porque, en mayor o menor medida, estos espacios se nutren de fondos públicos o de patrocinios. Y, dado el incomprensible escaso interés de nuestros gobiernos por invertir en investigación, al menos deberían priorizarse aquellos proyectos que realmente aporten innovación y sinergias.
Algunos de los retos más importantes de nuestro siglo serán la autonomía energética y la transición hacia la sostenibilidad. Si este último término les incomoda, pueden sustituirlo por “bienestar” o “seguridad”; no deberíamos perder demasiado tiempo en estas disquisiciones. Lo relevante es que podemos ser parte de la innovación tecnológica necesaria para afrontar tales desafíos, y que ese liderazgo lleva aparejada inversión y creación de empleo de alto valor añadido.
En mis últimas participaciones en congresos he venido repitiendo que estamos ante un cambio de paradigma, marcado por el trabajo en red y la innovación, tecnológica pero también a nivel de gobernanza. ¿Exceso de optimismo? Podría ser, aunque no lo creo. Ahora mismo hay indicios claros de que academia, empresa y sociedad avanzan en esta dirección. Lo que ocurre es que la generación espontánea no existe, tampoco en los cambios. Esa es la clave y, por eso, para no dejar escapar la oportunidad que tenemos, necesitamos financiación y que las administraciones públicas contribuyan a crear las condiciones adecuadas para que el talento se desarrolle y las sinergias se expandan. Sin embargo, no hay peor obstáculo para ello que la polarización y el dogmatismo que impregnan muchas decisiones en la cosa pública, ese noble arte de la política, que tampoco atraviesa su mejor momento.

Puede que ahora se entienda mejor por qué antes hacía mención a las condiciones adecuadas. Sin ellas, un hipotético aumento de inversión en investigación, las declaraciones institucionales o una agenda cargada de congresos no van a servir para mucho, más allá de algún titular perecedero. Esa podría ser, seguramente, una de las mejores aportaciones que se podría hacer desde el sector público.
Si realmente queremos ser un territorio de oportunidades y de progreso, donde nuestros jóvenes puedan quedarse y desarrollarse profesional y personalmente, es imprescindible construir un consenso político y social amplio, estable y duradero, que fomente la eficiencia, la coordinación interadministrativa y la cooperación público-privada, acompañado todo ello, lógicamente, de financiación y toma de decisiones basadas en la evidencia científica.
Como dijimos, contamos con el talento y la voluntad mayoritaria de los agentes necesarios para impulsar este cambio. El resto está en sus manos, señorías.

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