Artículo publicado originalmente en el diario digital La Veu del País Valencià el 10 de julio de 2026.
Según la RAE, refugio es aquel lugar adecuado para refugiarse. Y refugiar se define como acoger o amparar a alguien, proporcionándole resguardo. Es evidente que si hablamos de refugios climáticos estamos refiriéndonos a lugares que ofrecen resguardo frente al clima.
La primera duda que surge es si hablar de «refugio» climático no es algo exagerado, quizás demasiado alarmista. ¿Es el clima un peligro tan real como para necesitar refugiarse de él? ¿Tan altas están siendo las temperaturas como para que alguien necesite acudir a un refugio? Reconozco que hay motivos para el debate. Pero la cuestión semántica es una cosa y los datos otra bien distinta. Y estos indican que el incremento de las temperaturas es indiscutible.
Hagamos un pequeño experimento y acudamos al Jardín de Viveros, un emblema para los valencianos, donde se halla una de las estaciones meteorológicas más antiguas. E imaginemos que medimos tres parámetros esenciales: la temperatura media, la media de las máximas y la media de las mínimas. Para ver si han cambiado de forma más o menos significativa en las últimas décadas, vamos a analizar estos valores para el mes de mayo de los años 1985 a 1990, y de los años 2020 a 2025. Les propongo que, antes de leer los resultados, apuesten. ¿Creen que son más o menos iguales, que han subido de forma clara o que han disminuido? Sean sinceros, que nadie se va a enterar.
Y ahora, vamos a por los datos. Para el primer intervalo de años (1985-1990), se registraron 18,3 ºC de temperatura media, 22,7 ºC de media de las máximas y 13,9 ºC de media de las mínimas respectivamente, mientras que para el segundo (2020-2025) se obtuvieron 19,7 ºC, 24,3 ºC y 15,2 ºC. Es decir, se ha producido un incremento de +1,4 ºC en la temperatura media, de +1,6 ºC en la media de las máximas y de +1,3 ºC en la media de las mínimas.
Sin pretender hacer un análisis estadístico, estos números confirman que nuestros mayos actuales se parecen demasiado a los junios de nuestra infancia. Así que, por debajo del ruido mediático y las hipérboles políticas de uno u otro extremo, la realidad sigue su curso y nos dice que vivimos inmersos en un calentamiento evidente. Los boomers como yo pasábamos calor en los mayos de aquellas clases de EGB, pero es claro que ahora los alumnos de la ESO lo pasan bastante peor.
Esta evidencia, sin embargo, no me impide confesar cierta incomodidad ante el término «refugio climático». Y, aunque asumo con resignación que en este momento no faltará quien me considere sospechoso de herejía climática, les aseguro que no niego la necesidad de dichos espacios. Pero me pasa lo mismo que con el concepto «pobreza energética». Se convierten en palabras de moda que, aunque en su origen tuviesen una intencionalidad pedagógica, terminan transformadas en eslóganes que quedan bien en cualquier discurso, pero eluden la complejidad del problema. Por tanto, corremos el riesgo de aplazar las soluciones estructurales que la sociedad necesita.
Es cierto que en un refugio climático se puede socializar e incluso, en un ejercicio de positivismo, hasta promover la lectura o la afición a la botánica… Y, seguro que sí, puede ayudar a aliviar el duro impacto del criminal calor de las cinco de la tarde.
Sin embargo, a nadie le apetece ir a un refugio. Entiéndanme. Quiero decir que cuando el asfalto brama en las horas vespertinas, a nadie le apetece coger bártulos e irse a una biblioteca, un centro cívico o un polideportivo por el mero hecho de guarecerse del insoportable bochorno.
Por tanto, aceptar la necesidad de los refugios supone —si me permiten el ejercicio de honestidad— el reconocimiento de un fracaso o, cuanto menos, de estar superados por la rapidez de los cambios. Porque si los ciudadanos no pueden permanecer en sus casas debido al calor, ni disponen de un parque o jardín cercano donde pasear placenteramente sin riesgo de sufrir un golpe de calor (ojo, que aceptamos que en verano se debe sudar, ¡como Dios manda!), entonces es que hemos consolidado una ciudad que ya no nos sirve.
En cierto modo, la historia de la Humanidad es la historia del urbanismo: paulatinamente hemos ido modificando nuestro entorno inmediato, proveyéndonos de un hogar y de una urbe que nos proporciona un hábitat favorable y controlado como respuesta a las condiciones ambientales del lugar. Dado que esas condiciones han cambiado (recuerden: Viveros, la EGB y la ESO), nuestras ciudades empiezan a quedarse obsoletas. Así que habrá que actualizarlas.
Ardua tarea, sin duda. Mucho más que anunciar refugios climáticos. Pero inevitable, como también lo son, a corto plazo y en su justa medida, estos espacios. Lo que no podemos aceptar es que la creación de estas redes contribuya a desviar la atención del principal objetivo, que no es otro que actualizar el sistema operativo de nuestras ciudades: viviendas y tipología urbana.
Y no podemos aceptarlo porque existen alternativas y soluciones viables que no sólo contribuirían a hacer más confortables las urbes frente a las altas temperaturas, sino que las harían más habitables. Insisto en la idea de no caer en simplismos ni romanticismos, sino en ir de la mano de la ciencia y la tecnología de la que ya disponemos.
Por ejemplo, la infraestructura verde es un excelente instrumento para lograr entornos más amables y resilientes. De hecho, en España ya se ha empezado a aplicar el Reglamento de Restauración de la Naturaleza y, si dudan de ello, pregunten a su ayuntamiento: muchos ya están trabajando en ello. O sustituyamos asfalto y hormigón siempre que se pueda, como en Vila-real, donde en algunos colegios públicos ya han reemplazado el pavimento de los patios por suelos más permeables y frescos con vegetación. O visitemos Pontevedra, donde retiraron toneladas de asfalto para sustituirlas por materiales naturales con juntas abiertas.
Y por último, hay que seguir impulsando y favoreciendo la rehabilitación de viviendas mediante incentivos y ayudas. Hay ejemplos excelentes, como las deducciones que ya disfrutamos en España, el Pla Conviure de la Comunitat Valenciana o la original estrategia del banco público alemán que ofrece créditos a un interés cercano al 0% a aquellos propietarios que quieran rehabilitar su casa, de forma que cuanta más eficiencia se consiga en la vivienda, menos dinero se tiene que devolver del préstamo.
Si tuviese que dejar un titular, este podría ser uno bastante acertado: invertir en mejorar las condiciones de origen (entorno urbano, viviendas) para evitar refugiados. Puede resultar algo duro, pero quizá sirva para fijar gráficamente el objetivo y evitar que nos distraigamos con más adjetivos y frases de nueva cuña.