El lazo que nos oprime: contradicciones de un consumidor
“Gracias. Con esto puedo comprarle a mi bebé ropa que dure más.» Esa fue la respuesta del desdichado Martín a Nick en uno de los memorables pasajes de la película “Escobar: paraíso perdido”.
Impresiona cómo el tiempo y el contexto juegan con los significados. Para Martín, un adolescente con tanta pobreza a la espalda como inocencia en la mirada, comprar ropa duradera para su hijo era su máxima aspiración. Hoy, en nuestra decadente Europa, la aspiración es otra y se encarna perfectamente en fenómenos como Shein, Temu, o cualquier otra marca de ropa cuyo valor, paradójicamente, reside en su carácter efímero.
Su calidad, como su sostenibilidad, es ínfima, pero la fast fashion cautiva tanto a consumidores adultos como a jóvenes que ven en ella la forma de renovar su look al ritmo que las redes exigen sin dejarse un dineral en ello.
Pero lo rápido y efímero se extiende más allá de la moda, como pude comprobar al empezar a preparar estas líneas. Tanto es así que he tenido que retroceder algo en el tiempo para intentar desentrañar las claves que nos han llevado, casi sin darnos cuenta, a vivir en este imperio de la inmediatez.
Basta recordar las tiendas de barrio, aquellos pequeños negocios arraigados al barrio proporcionando un servicio de cercanía y que, con la expansión de los supermercados, fueron bajando persianas hasta convertirse en un recuerdo en blanco y negro.
Con esta modernización pudimos acceder a nuevas ventajas, pero también estábamos asumiendo un coste oculto porque, aunque los supermercados seguían ofreciendo cierta proximidad, una vez desaparecidos los establecimientos familiares, nuestra dependencia de las grandes cadenas se hizo evidente y nos convertimos en “consumidores cautivos” y sin demasiado margen de elección frente a sus decisiones, ya sea esta el cierre de los locales más céntricos por razones de escala, obligando a los clientes a recorrer mayores distancias y utilizar más el automóvil, o la promoción de platos preparados, cuyo consumo se ha incrementado un 500% en veinte años en detrimento del de frutas o legumbres, que se ha reducido de forma notable.
Rapidez, comodidad y economía suelen ser el denominador común a este tipo de cambios en el mercado y en los hábitos de consumo. Y aunque es cierto que, al menos teóricamente, el consumidor tiene mucho poder, es evidente que existen razones estructurales que lo convierten en algo simbólico. En parte, porque estos nuevos hábitos de consumo reportan un beneficio individual inmediato, mientras que la alternativa ofrece beneficios sociales difusos y dilatados en el tiempo.
Como individuos, poder ir a la moda comprando ropa barata de usar y tirar o no tener que cocinar, es tan atractivo que se impone a otras consideraciones éticas o ambientales. Incluso económicas, porque estas estrategias de los grandes distribuidores representan una amenaza para los autónomos y negocios familiares que, con toda probabilidad, acabarán desapareciendo, como en su momento lo hicieron las tiendas de barrio.
Ignorar esta realidad es un error, como también lo es no asumir que como sociedad, como sujetos políticos, nos podemos estar comportando como el lobo que cae en un lazo. Confiado en su poder, convencido de que cuanto más fuerte tire antes se librará, no es consciente de que está apretando la soga que lo acabará ahogando.
¿Estamos apretando nuestro propio lazo? ¿Hasta qué punto hemos aumentado nuestra dependencia en aspectos tan básicos como la alimentación? ¿Está el consumo rápido modificando nuestro tejido económico y comprometiendo las bases de nuestro bienestar? ¿Necesitamos políticas públicas de protección del comercio tradicional?
He empezado a asumir que la respuesta a tanta pregunta no la podremos encontrar interpelando únicamente a la conciencia del consumidor porque, como tal, está sujeto a contradicciones difíciles de resolver en el plano individual. La respuesta ha de venir, fundamentalmente, del plano colectivo.
Sin embargo, para ello, deberíamos abordar una profunda reflexión sobre los impactos que los actuales modelos de consumo provocarán en nuestras vidas, especialmente, en las condiciones económicas y sociales en las que tendrán que vivir las nuevas generaciones. ¿Estamos dispuestos y preparados para este debate sin caer en simplificaciones maniqueas?
Artículo publicado en el digital «La veu del País Valencià»