Artículo publicado en el diario Levante-emv el 8 de agosto de 2026: De incendios, lágrimas y mamarrachadas
Artículo publicado en valenciano el 26 de julio de 2026 en: D’incendis, llàgrimes i mamarratxades
Artículo en castellano:
Este no va a ser un artículo técnico. Opiniones técnicas, de reconocidos expertos y de gente con vasta experiencia en materia de gestión e incendios forestales hay muchas, tantas y tan cualificadas que sería tan estéril como pretencioso pedirles que leyesen la mía.
Me remito a sintetizar lo ya tantas veces explicado: hay mucha biomasa acumulada, las discontinuidades que proporcionaba el paisaje en mosaico han desaparecido, la interfaz urbano-forestal está descuidada y la negligencia humana sigue siendo el detonante de incendios tan graves como los que estamos viviendo este verano.
Así que, cuando alguno de los abundantes conatos se nos escapa, el infierno se presenta ante nosotros y nos devora sin que nada lo pueda detener. Literalmente, volvemos a implorar a los elementos de la naturaleza, con la esperanza de que un cambio de viento o la irrupción de una generosa lluvia nos dé alguna oportunidad.
Como ven, las principales causas de que estemos viendo incrédulos una emergencia de interés nacional con más de 40.000 evacuados están asociadas al factor humano, ya sea por acción o, justamente, por falta de ella.
Cuando cesa el fuego, surgen las lágrimas y las declaraciones revestidas de gravedad. El sufrimiento es innegable. Al drama de las víctimas mortales, hay que sumar la pérdida del hogar, del medio de vida de muchas familias y el impacto de ver tu paisaje calcinado.
Todo muy duro, muy cruel. Tanto, que es incomprensible que, encima, aparezcan en escena las mamarrachadas. Si oír hablar de pactos de Estado ya resulta molesto por su reiterada falta de concreción, asistir al pernicioso espectáculo de las descalificaciones mutuas mientras la tierra aún humea, es inaguantable.
No, el cambio climático no es el responsable de los 40.000 evacuados; sí lo es de las elevadas temperaturas y la sequedad que favorecen y agravan los incendios. Pero esta es una variable conocida por la Ciencia y, en consecuencia, se debe integrar en las estrategias de prevención y lucha contra los incendios forestales.
El principal culpable de las colosales mareas píricas que matan a nuestros paisanos y paisaje es la falta de una adecuada gestión forestal sostenible y, por favor, de una vez por todas, de la creación y mantenimiento de fajas de seguridad entre lo forestal y lo habitado.
Que no nos vuelvan a repetir que los fuegos se apagan en invierno: ya lo sabemos, pero necesitamos que se haga. No encontrarán ningún ciudadano que no apoye ni reconozca a sus gobernantes un esfuerzo en gestión e inversión en este objetivo.
Lo que sí que cuesta entender es que, conociendo las soluciones técnicas para minimizar el riesgo de aparición de Grandes Incendios Forestales y sus dramáticos efectos, sea la gestión pública la que no encuentre la fórmula para implementarlas.
Claro que, si quienes tienen que hacerlo se dedican a hablar de mamarrachadas en lugar de impulsar el diálogo con expertos, el consenso y la coordinación, se entiende mejor y llega a resultar desalentador.
El desaliento y la desesperación abren las puertas al populismo, a las tertulias de cuñaos y a simplismos que no hacen más que alejarnos de la solución y aumentar la polarización.
En el año 2022 ardieron en España algo más de 300.000 hectáreas; 2025 fue otro año desastroso con casi 400.000 hectáreas quemadas, pero es que en lo que llevamos de 2026 contabilizamos ya unas 125.000 hectáreas. Al daño social, cultural y ambiental de estos fríos números, hay que sumar las pérdidas económicas asociadas, que se cuentan por miles de millones de euros. Esto no es una mamarrachada, es una tragedia.
Así que no estamos para ocurrencias en redes sociales. Tampoco estamos para más números, estadísticas ni declaraciones. Estamos surtidos de datos pero necesitados de soluciones.
Dado que entre los expertos existe un criterio mayoritario sobre las estrategias técnicas a aplicar, la conclusión es que lo que nos falta es una respuesta pública que apueste por el consenso político, la gobernanza y mayor inversión en prevención, o lo que vendría a ser lo mismo, en mejorar la gestión del paisaje.
Sería injusto no reconocer los avances de las administraciones en materia forestal, pero necesitamos cambios más profundos y rápidos. Los incendios de sexta generación están rompiendo las costuras de una gobernanza obsoleta. El cambio puede ser difícil, sí, pero es ineludible y mucho más difícil deben resultarnos las lágrimas de los afectados por estas llamas colosales.
Y, aunque debemos suponer que no habrá ningún sector social ni político que no comparta este sentimiento, nos tememos que cuando desaparezca el último hilillo de humo también lo hará el recuerdo de tanto sufrimiento, hasta que el próximo verano nos traiga nuevas víctimas. Esto sí que sería una mamarrachada, sobre todo porque compartimos el mismo objetivo y tenemos los conocimientos para lograrlo.